Posiblemente Yedid

Como cada año, Art Contemporáneo te comparte una narrativa de misterio, fantasmas o terror. En Posiblemente Yedid, fantasmagoría corta, el narrador se transforma en un prisma sutil en el que es difícil saber qué son hechos objetivos y qué fantasías personales.

 

Posiblemente Yedid

Flavio terminó su turno en la oficina de análisis, censura y promoción del Gobierno central y se dirigió a tomar el tren de regreso a su casa. Descendió a la estación subterránea del parque Juárez, como lo hacía de costumbre. Ese fin de jornada a diferencia de otros tantos, el andén no lucía abarrotado, y, una vez dentro del vagón, sobraban los asientos ¿a dónde había ido la gente?

Tomó asiento y se dispuso a esperar que el tren continuara su recorrido. El recuerdo de una fiesta a la que acudió hace un año por esas fechas aún lo tenía extrañado. Cuando el vagón salió de la zona de túneles subterráneos a las líneas férreas con vista panorámica, la luz de un sol declinante se coló al interior. En la hilera de butacas a contraesquina  de él, repentinamente notó la presencia de una chica que era el doble de su ex novia, o su ex novia en persona. El corazón se le apresuró. Ahí estaba de nuevo la silueta de Yedid. Sus mismos labios en forma de corazón, sus ojos cafés brillantes, su piel blanca, hasta el mismo corte de cabello, con tupé. El vagón volvió a descender por un túnel subterráneo pero la luz interna se fue por unos segundos. Cuando regresó el tren había vuelto a la superficie por donde podía entrar, de nuevo, una débil luz crepuscular. Pero Yedid, o su doble, ya no estaba.

La noche recién se había instalado cuando Flavio bajó del tren público en una estación cuyos alrededores eran célebres por la abundancia de parques, jardines, comercios, pero también por la yuxtaposición de casas antiguas y modernas edificaciones verticales.

Se apresuró a llegar a casa (vivía en la planta alta de una finca colonial). Cenó un sandwich de jamón, queso gouda y lechuga y un té de menta. Acto seguido revisó sus apuntes (escribía un ensayo universitario titulado Los sueños lúcidos como manifestación del élan vital). Como su estancia tenía vista a las azoteas vecinas, antes de que el sueño lo venciera y él cayera exhausto, pudo ver en el horizonte una lluvia de estrellas tan atípica que a la mañana siguiente dudaba si la había soñado o fue real.

 

 

El año pasado por esas fechas Flavio asistió a una fiesta en el enorme claustro de un ex convento colonial en muy buen estado de conservación. Todo aquel que se consideraba artistas, iconoclasta o disidentes estuvo ahí. La velada comenzó con rock psicodélico e industrial, alcohol, mariguana y cocaína. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, predominaron las prendas negras, grises o pardas. Los asistentes parecían integrantes de una enorme banda de rock en alguna de sus variantes. Flavio se hallaba platicando con sus amigos y amigas acerca de la monja que solía aparecer en ese recinto, cuando de pronto todas las luces se apagaron para dar paso a una obra de teatro.

Al principio los asistentes recibieron esta inesperada intervención con risas nerviosas. Al cabo de que la representación comenzó a desplegar la trama, el silencio de la cuarta pared se generalizó. Nadie esperaba que en medio de una fiesta se representara Otelo. Y mucho menos que las actuaciones fueran enormemente subyugantes. Por caso, no había un histrión representando a Yago, era el perverso Yago en persona. Este, sobre todo, tenía un tono de voz burlona, maligna y artera que comunicaba un odio frío y astuto. El villano robó cámara. Y al final Desdémona cumplía su destino por manos de su propio esposo.

La obra terminó, los actores de la obra se difuminaron en la oscuridad general, y, gradualmente, las medias luces en la que hasta entonces evolucionaban los asistentes a la fiesta volvieron a instalarse en el recinto aquella noche. Se oían risotadas, conversaciones y, como rumor de fondo, la melodía de una canción de The Cure, Lovesong.

Flavio buscaba el sentido del reciente intermedio teatral cuando, de pronto, a la distancia, en uno de los pasillos con arcos del recinto en el que se encontraba, vio una silueta que le resultó conocida.

Era una chica entre los veinte y los treinta años, blanca, casi albina, cabellos castaños, lacios y sedosos; vestía un vestido de terciopelo negro; parecía surgir y disolverse en y del humo de un puro enano que tenía en los dedos de la mano derecha. Fue a ver si era quien él pensaba que era.

 

Hace alguno años Flavio obtuvo una licencia que certificaba que era especialista en cuestiones humanísticas, y, en el inter en que estudió las mismas, conoció un sinnúmero de personas que al cabo de los años terminarían en un asilo psiquiátrico (y prisión) ubicado en Zapoteuchitlań el Chico; muertas prematuramente; o como integrantes de abstrusas iglesias cristianas o católicas. Entre ellas Daniel Meléndez, quien fue quien lo invitó a esa reunión donde reencontró a Yedid o a la doble de Yedid, nunca le quedó claro quién era en verdad.

 

Esa noche de luna nueva, cuando se internó a los meandros del ex claustro de Santa Clara, jamás vio ni un indicio de la Madre Superiora que según esto se aparecía por ahí. En cambio, sí descubrió una sección del edificio que era algo así como el lado b de la misma edificación.

Había un pasillo al aire libre, una hilera de arbustos movidos por el viento (haciendo el ruido de un arroyo al avanzar) y una lujuriosa mata de plantas trepadoras oscureciendo las paredes. De una de las habitaciones de este pasillo salía una tenue luz. Se acercó cautelosamente, como si fuera un ladrón al acecho. Sintió un leve pinchazo en el corazón, como si alguien le hubiera insertado una aguja con mucha maestría. A sus 27 años descubrió lo que quería decir “tener una corazonada”.

Al lado de la puerta de esta habitación vio una ventana con dos postigos de madera. Uno de ellos tenía un hueco con la forma y el tamaño de un hueso de durazno. Flavio se acercó a espiar por esta hendidura. Colocó su ojo derecho en la abertura. Notó que al interior de esta sección había una cama, un cobertor gris ─al parecer de seda─ y un par de lámparas. Recostada ahí, semidesnuda, reconoció a la chica del pasillo.

¿Era Yedid o era una gemela idéntica?

Tres años atrás, Yedid, su entonces novia, había desaparecido y, lo más probable, muerto en ambiguas circunstancias. O por lo menos esa posibilidad le dio a entender la policía…

El ojo pertinaz de Flavio captó con asombro que del fondo oscuro de la habitación emergía un sujeto musculoso, alto y cruel, parecido a un luchador. Yedid, o su doble, que estaba recostada plácidamente en la cama, al captar su presencia, cambió de postura suavemente: se acomodó en cuatro puntos, bajó su cabeza, levantó su culo y comenzó a moverlo de un lado para otro.

Flavio veía la escena fascinado y asustado, como si estuviera frente a una fantasmagoría ¡¿era Yedid?!

Del fondo de la habitación en la que Flavio espiaba a esta pareja emergió de la oscuridad el actor que había interpretado a Yago horas antes. El enorme fortachón parecido a un minotauro en lo corpulento, feo y cabezón le colocó una cadena a la argolla del collar de piel de Yedid y después la atrajó hacia él.

Flavio oía los latidos de su propio corazón retumbando en su cabeza. No daba crédito a lo que veía. Por una razón que él no alcanzaba a entender, esta posible Yedid se prestaba (y gozaba) con las extravagancias del par de degenerados que se hundían en ella (¿sería ella la que ideó este acto y este par solo eran sus comparsas?).

De pronto Yedid dirigió su mirada a la hendidura por la que Flavio veía con el ojo derecho. Este sintió que una culebrita eléctrica recorría su columna y lo apartaba de su objeto como sacudido.

En el acto sintió miradas en la espalda. Volteó tan rápido como su instinto se lo ordenó. Había unos doscientos mimos observándolo, como recriminándole su curiosidad. A Flavio los pelos se le pararon, sintió un frío de muerte y se dispuso a salir despavorido.

A codazos y empujones Flavio escapó de esta multitud de mimos que al parecer solo querían asustarlo (nadie se atrevió a sujetarlo, golpearlo o detenerlo). Una vez en la calle ─blanco del susto─ encontró un taxi disponible. Huyó a su casa y no puso objeciones sobre la excesiva tarifa que el conductor le tasó.

Las horas, días y meses siguientes, lo ocurrido aquella noche se le fue difuminando hasta convertírsele en un vago recuerdo. Pero mientras las imágenes de esto se conservaban frescas en su memoria, indagó con Daniel Meléndez qué había pasado. Este se encogía de hombros, daba versiones contradictorias y negaba categóricamente haber visto ningún mimo aquella noche y mucho menos una chica con las trazas de Yedid.

Había pasado un año de esto, ¿qué vio Flavio con su ojo derecho que lo dejó recordando con terror la imagen de su ex novia?

La posible Yedid, el hombre fornido y el actor que encarnó a Yago aspiraban hasta el último átomo los vapores que emanaban de una fuente de cristal, como si se tratara de algo escaso, precioso y vital. El hombre alto se colocó una máscara negra de piel con un zipper donde la boca. Yago se quitó la blusa isabelina dejando al aire un torso belludo como el de un animal, y ella se depojó apresuradamente del vestido de terciopelo negro que traía puesto.

En uno de esos momentos, Yedid, al mismo tiempo que gozaba, enfocó su mirada en el ojo al otro lado de la ventana. Todo lo que hacía se lo dedicaba a su espectador. Fue justo cuando recordaba esto cuando en el vagón de un tren que se dirigía de sur a norte vio de nuevo a la posible Yedid.

 

Juan Carlos Cruz

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