Lenina la perra gran danés

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Está cerca el Halloween y esta vez en ART Contemporáneo te preparamos un cuento inédito lleno de monstruosidades: Lenina la perra gran danés.

 

Lenina la perra gran danés

 

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31 de octubre de 2008

Esa noche de Halloween un niño, supuso que era un niño, disfrazado con una máscara de calabaza y un ropón morado, tocó la puerta de La Mansión. (Sopló el viento de manera súbita y enérgica.) Adentro, por alguna sinrazón Isaías en lugar de ordenarle al mayordomo, don Manuel, que abriera, él mismo lo hizo. Fue toda una sorpresa ver a ese pequeño:

—¿Tiene dulces o le hago una travesura? —dijo desde adentro de su máscara.

A Isaías inesperadamente le divirtió esta ocurrencia. Pero no le dio caramelos. ¿Por qué vendría solo este niño? ¿No era peligroso para él salir sin su pandilla a pedir Halloween?, se preguntó, qué raro que pidan Halloween aquí, sobre todo siendo un estado tan reaccionario.

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31 de octubre del 2009

La enigmática noche estaba llena de atemporales luciérnagas y el frescor del otoño se metía hasta el fondo de la casa, a la habitación donde ella seguía esperándolo. El tiempo le transcurría de otra forma, como nunca antes hasta entonces: los recuerdos de sus falsas amistades, ella misma y el propio fluir del tiempo le parecía estacionado en una eterna noche de brujas.

Afuera, lo que los lugareños más dogmáticos tenían a bien a llamar “la invasión de las culturas extrañas” era el aire que se respiraba: más que niños pidiendo dulces a cambio de no hacer diabluras, había jóvenes y adultos que se disfrazaban para ir a embriagarse, cuando menos. Y sobre todo muchísimos criminales dispuestos a ser eficaces o morir (aunque eso siempre, últimamente).

El chamuco andaba suelto.

Tanto malestar había en la cultura. Y en lo que a Lenina respectaba, el tiempo no fluía. Los alrededores de la mansión en la que se encontraba —gimiendo en silencio— además estaban llenos de gente en autos o simplemente a pie, pero encarnando alguna de las muchas formas del Monstruo: vampiros, mujeres lobo, momias, brujas eróticas, guasones siniestros… Al fondo de la residencia continuaba Lenina,  cautiva en el cuerpo de una perra arlequín de color chocolate blanco con chispas y manchas cafés y ojos azul celeste.

 

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(Lo visitó el espíritu del Halloween pasado, cuando vivían una intensa luna de miel, pero sin haber firmado acta matrimonial alguna. Los ex amigos y amigas de Isaías acostumbrados a extenderle cualquier sofisma que los beneficiara, le decían que las alemanas eran frías, independientes y, al cabo, frígidas.

Isaías se alzó de hombros: él en Lenina había descubierto una calidez mesurada pero constante que no había tenido la buena suerte de encontrar las chicas de su tierra. Leni, antes del Halloween del 2009, era mediana, muy suave, con proporción en todo su cuerpo, tímida con los desconocidos, pero cariñosa, juguetona y dadivosa con él.

Casi todos sus falsos amigos y amigas que generalmente le compartían un cliché ─ ligeramente cargado de veneno─ en lugar de una observación útil, ingeniosa, comprensiva o insólita eran pese a sus estudios universitarios unos mamarrachos incorregibles que por un lado lo adulaban y por el otro lo odiaban solapadamente.

Como entonces la mansión de Isaías se convirtió en un conciliábulo de bohemios locales tenía, al fondo, en la sección opuesta a donde se hallaba Lenina, un espacio reservado para hacer desmadre con esos libertinos que en algún momento lo divirtieron y en otro, después de verlos de cerca, le repugnaban.)

 

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Tanto como travesuras… no. Era mucho más que eso: sus examigos castigaban a Lenina la perra con la intención de vengarse de él, a quien envidiaban. La usaron de cenicero, le amarraron cohetes en la cola, la nalguearon, la obligaron a comer pastel de mota, le llenaron la cara de harina, miel y plumas de gallina. Poco faltó para que la empalaran o se la comieran como si fuera un xoloescuincle.

Hasta que, como un relámpago, llegó Isaías para detenerlos.

Todos ellos viajaban al final de esa noche: en tal punto comenzó una canción para animales involucionados, para primitivos que antes que convivir querían saturarse de lo que hubiera, ruido, comida, alcohol, sexo grotesco.

Ese cuadro le dio rabia y lo movió a iniciar una guerra contra ellos —¿¡cómo era posible que fueran tan estúpidos!?, y más aún, ¿¡cómo era que siendo tan evidentemente imbéciles (y por lo tanto potencialmente brutales y crueles) él les brindó su casa para instalar este pandemonio!?

—Ellos —después, mucho después le confesó Lenina— no hacían más que fingir que estaban alegres de la vida cuando en realidad, se odiaban. Odiaban todo: estaban dispuestos a devorarse todo, incluyéndote a ti y a mí.

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¿En qué momento Lenina se metamorfoseó en esto? ¿Por qué oscuro designio o quién era el responsable? ¿Un dios bromista? ¿Un demonio? ¿Un hechicero enemigo? Cuando se conocieron Lenina había emigrado de Berlín a la ciudad donde entonces residía Isaías, Jalisco, y trabajó sucesivamente en una oficina, en un comercio, en una escuela; y pese a que era educada, respetuosa y amigable, sufría, de parte de sus compañeras, una discriminación y una oleada intrigas cuasihomicidas que si bien no atentaban propiamente contra su vida, sí lo hacían con su modo de supervivencia: es como si casi todas ellas la quisieran enviar a un limbo donde no estuviera muerta pero tampoco gozando de un sueldo.

Ah, la maldita envidia de la que dice: no quiero que tú tengas lo que yo tengo y que al parecer era una pandemia estatal.

Mientras, Lenina seguía en un rincón de La Mansión esperando la llegada de Isaías. Recordaba, casi oía, los gruñidos de odio de sus excompañeras de oficina, local y escuela, como si todavía estuvieran a su lado en ese momento, llenas de odio por algo que ella no alcanzaba a comprender. ¿Alguna de ellas era la invisible responsable de esto?

 

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Desde donde estaban, el viento les traía el rumor de una melodía de piano. La frescura del aire otoñal presagiaba el cierre de un ciclo más. ¿Cuánto duraría esto? Desde el fondo de la residencia contemplaban la forma en que la luz se difuminaba y comenzaba a oscurecer.

Siempre habían sido racionales y progresistas. Y ahora no conocían una explicación para esto o alguna forma de regresarla a su cuerpo de humana. ¿Cómo llegar ante un médico a explicarle que Lenina mutó a perra arlequín? En la habitación Leni lo veía esporádicamente de forma entre lastimera y anhelante, moviendo la cola, ladrando agudamente, sacando su gran lengua (una corbata viva), y, eventualmente, lamiéndole cariñosamente ¿Quién le había hecho eso a su otrora novia? ¿Por qué?

Mientras tanto, en una habitación al otro extremo de la casa, el único amigo que le había sobrevivido (él que jamás se añadía a las celebraciones, Remigio) tocaba en su piano una melodía que iba de lo melancólico a lo tenebroso.

 

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Estaba sentado y el espíritu del Halloween pasado lo visitó. Escuchó resonar sus gemidos de perrita en aprietos: “Isaías, Isaías”, parecía flotar su nombre pronunciado por ella en una cámara vacía. Y lo pronunciaba con un aire tan herido, tan profundamente sincero —y eso era alarmante— que sintió una perentoria necesidad de ayudarla.

Se podría decir que la amaba, aunque fuera una perra gran danés.

“Isaías, Isaías”

De pronto el estado de placidez —sensual— en el que se encontraba en la vida mudó a sensación de ser objeto del destino, de unos dioses aburridos y perversos que jugaban con él. (Aunque también colegía que algún cobarde que atacaba por la espalda o desde la impunidad era el responsable.) Después de la inesperada perridad de Lenina, lo que había pensado acerca de él mismo y de ella, de las relaciones amorosas en general y de la suya en particular, le parecía una rematada estupidez.

Cuando la vio transformada en una enorme perra gran danés que derramaba vivas lágrimas, pese a que casi siempre tenía control de sus emociones, se agüitó en serio.

Mientras tanto Lena se alegraba, movía la cola, ladraba feliz, lo relamía en las manos y en la cara, lo llenaba de baba. A él le extrañaba mucho: ahí estaba Lenina, pero convertida en uno de los seres que hasta entonces más enfadosos, serviles y encimosos le parecían: ¡una perra!

 

 

 

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Como cada año, entrando en el afelio, el Halloween regresaba. Ahora a los mamarrachos de sus examigos sí se les había pasado la mano. Se dio cuenta de eso cuando escuchó los aullidos de dolor de Lenina, quien, en cuanto lo vio entrar, corrió a defenderse tras él.

Los demonios y las diablas trataban de atinarle con sus meados. También ellos a su manera se habían convertido en bestias: daban tumbos, barqueaban, giraban sobre su eje, tiraban los adornos al suelo, se vomitaban, escupían, eructaban, bramaban, gruñían.

Su alegría se convirtió en una caricatura de alegría.

Pero a ellos qué, finalmente no limpiaban: don Manuel y un grupo de sirvientes lo harían por estos. En buena hora había sido condescendiente con ese grupo de bohemios sin oficio remunerativo, pero con un ego demencial.

La purificó con regaderazos de agua tibia, champú, vapores y toallas limpias. Después durmió junto a ella: la abrazaba, la sentía palpitar y respirar. Lenina, al parecer, tenía un sueño que la inquietaba: dormida la angustia se materializaba en temblores y recogimientos súbitos que solo se atenuaban cuando él la atraía a sí.

Despuntó el alba, las primeras horas de noviembre helaban y Lenina sentía tristeza, pánico y sorpresa. De golpe, lo que llaman primera juventud, se les fue…, una expresión le vino a la mente a Isaías: ¡el horror!

 

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¿Por qué si se la llevaban bien, se entendían y se toleraban mutuamente, terminaron su relación, solo para que un año después ella regresara ahora convertida en una perra gran danés?, se preguntaba todos sus examigos quienes, por otro lado, empeoraban, como si los años en lugar de darles experiencia, sabiduría o por lo menos cierta sensatez, los involucionara hasta un punto cuya apoteosis sería, tal vez, el canibalismo.

Conoció a Lenina los últimos días de septiembre del 2008, durante un paseo por el jardín prototípicamente otoñal que estaba cerca de su mansión. En esos días al mismo tiempo comenzó a notar ciertas simetrías: veía a las mismas personas desconocidas cruzándose con él a intervalos regulares, tenía sueños recurrentes con una perra dálmata gigante, y las personas con las que coincidía, de pronto, adquirían la calidad de símbolos (unos gemelos, personas disfrazadas de monstruos, un estrellero con mensajes de dos pesos).

Pero él no podía parar a alguno de ellos y decirle “¿por qué te me cruzas, justamente a mí, en este momento, aquí?” La primera vez que Isaías conversó con Lenina se le hizo bastante convencional, no turbó su ánimo, solo fue después de la segunda o tercera cita que descubrió que ella, para él, era el símbolo de algo, no sabía entonces de qué, pero era de algo estremecedor.

Por lo pronto descubrió que el deleite erótico con ella tenía una dimensión química; ella aliviaba con eficacia y rapidez sus ansiedades de entonces. Y más: en tanto que era recurrente el sexo (sin embarazo) Isaías creía en los días felices solo para enseguida preguntarse, ¿cómo serán los tiempos difíciles? Antes de terminar ese año ella desapareció sin avisar.

 

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31 de octubre del 2010

Lo visitó el espíritu del Halloween futuro.

(Igualmente lo encontró consumiendo y consumiéndose en una fiesta.)

Tocaron el timbre. Don Manuel abrió.

—¿Dulce o travesura?

Esta vez no solo le dio dulces, sino frutas y hasta unos juguetes.

El pequeño monstruo, un niño peludo, peludo, peludo y con la nariz negra, mojada, como de perro (¿cómo le habrá hecho para diseñar ese disfraz?) empezó a dar saltitos cuando vio que ahora sí cumplía su propósito.

Luego se largó, igualmente caminando rítmicamente (cada cinco semibrincos daba un brinco completo).

Otra vez venía solo.

Don Manuel se alzó de hombros y regresó a la fiesta, cada loco estaba en su tema: unas gemelas disfrazadas de sirenas (y operadas de la nariz), repletas de brillantina y con sendos escotes chismeaban acerca de una tercera:

—Es una zorra —le decían a sus interlocutores casi al compás, enfatizando la z, la doble r y luego riendo malignamente, abriendo toda la boca y echando hacia atrás el cráneo, mostrando sus muelas al universo y agitando el contenido de sus copas.

Eran unos chicos presumidos, acostumbrados a mandar, seguramente con un carro deportivo o una camioneta en la cochera. Con carreras universitarias y una sinecura asegurada. Voraces, prepotentes e indiferentes al dolor de sus semejantes.

Los chorros, figuras y borbotones de la fuente de los deseos coloreada por luz artificial iban del morado al rojo al verde al azul. La música de Remigio el pianista parecía flotar hacia el cielo y disolverse arriba en el movimiento de las esferas. Se oían risotadas de las que hacen las niñas de secundaria para llamar la atención. Tocaba una música apenas audible. (Había quien pedía que lo quitaran y programaran banda o mariachi).

Al fondo de la mansión, en una habitación del segundo piso, recostada plácidamente en un colchón king size, de colchas añiles con la chimenea encendida por un lado, la ventana abierta y un espejo de cuerpo entero por el otro, estaba Lenina convertida en una exuberante vampiresa ataviada únicamente de rouge y joyas, con el abundante cabello vuelto de lado, con las manos en la nuca, con la planta de los pies en el cobertor, anhelante.

(En el espejo, pasó una silueta humana difuminada.) Opuesto a Lenina, Isaías, sonriente, despeinado, desnudo, velludo, y con la mano derecha sujetando y haciendo alarde de sus atributos. Parecían lo que eran, unos animales en brama.

 

Por: Juan Carlos Cruz

 

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